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viernes, 5 de enero de 2018

REVOLUCIÓN POPULAR CONTRA EL CLERO MUSULMÁN EN IRÁN


     Los últimos días de 2017 han conocido un alzamiento popular espontaneo contra el teofascismo iraní. En muchas docenas de ciudades y pueblos cientos de miles de manifestantes, entre los que destacan las mujeres sin velo, se han lanzado a desafiar en la calle al totalitarismo sanguinario del régimen iraní de los ayatolas. Han sido atacadas comisarias, cuarteles de la milicia islamofascista, mezquitas, bancos, bases militares, etc. Es a destacar que las protestas han sido particularmente vigorosas en las áreas kurdas, alzadas contra el chovinismo y el centralismo persa-iraní.



         Las consignas más coreadas fueron “Clerigalla musulmana, tenga algo de vergüenza y deje en libertad a Irán” y “El pueblo de Irán es un mendigo mientras los clérigos musulmanes viven como Dios”. La demanda de libertad, como libertad de conciencia, libertad religiosa, libertad de expresión, libertad de manifestación, libertad de indumentaria y libertad para los pueblos sometidos al imperialismo persa (derecho de Autodeterminación), fue la exigencia fundamental de los manifestantes. Asimismo, se protestó contra la pobreza agobiante y creciente que padecen las clases trabajadoras, y contra las intervenciones imperialistas del régimen en el Líbano, Gaza, Siria, etc.



         La represión ha sido aterradora, como corresponde a todo país musulmán, donde la vida de los seres humanos no vale nada. El aparato policial islámico ha originado, hasta el día 3 de enero de 2018, unos 200 muertos (diez veces más de los reconocidos oficialmente) y 10.000 detenidos. De éstos, una parte importante está siendo sometida a torturas terribles y será asesinada sin juicio y sin que los cadáveres lleguen a sus familiares. Los genocidas en el poder están repitiendo lo que hicieron en 2009 y más aún en 1979-1982, cuando la república islámica se impuso a través de un baño de sangre que exterminó a un enorme número, cientos de miles de personas probablemente, en particular trabajadores y campesinos, organizados en asambleas populares revolucionarias, y, también, militantes del Partido Comunista Tudeh y de otros grupos marxistas menores.



         En efecto, el aparato islamofascista nunca se detiene ante nada, máxime tras el pánico que han padecido los clérigos, que les ha llevado a abolir, en los primeros días del levantamiento popular revolucionario, la legislación sobre la obligatoriedad del oprobioso velo islámico para las féminas, creyendo que con ello podrían apaciguar a los manifestantes, lo que no ha sucedido, más bien al contrario, pues tal concesión evidencia la debilidad política del régimen y la fuerza sustantiva de la resistencia popular. El aislamiento social de los ayatolás se ha puesto de manifiesto asimismo en las raquíticas manifestaciones de apoyo al Estado, donde casi únicamente han participado clérigos, es decir, la minoría ultra-privilegiada, mandante y oronda, en un país dominado por la pobreza e incluso el hambre. El pueblo se ha abstenido, lo que está suscitando un enorme temor en la oligarquía musulmana.



         El clero islámico ha constituido en Irán una sociedad aberrante. En ella aproximadamente los dos tercios de los medios de producción y cambio pertenecen al clero, que al mismo tiempo detenta todo el poder político, todo el poder judicial, todo el poder educativo y mediático, todo el poder policial y, por supuesto, todo el poder religioso. Allí el clero musulmán es todo y el pueblo nada.



         Esto ha llevado a un enfrentamiento creciente entre los clérigos omnipoderosos y las mujeres de Irán, que desafían desde hace muchos años, con un valor que llena de admiración, su patibularia misoginia. Al mismo tiempo, el descrédito del islam es formidable, particularmente entre la juventud universitaria que se ha hecho antirreligiosa e incluso atea en una elevada proporción, de ahí los ataques a mezquitas. Alguno de los jefes ayatolás ha tenido que reconocer que las mezquitas están semi-vacías y que el futuro del islam en Irán es problemático: ese es el principal resultado, el esencial logro de la “revolución islámica” en Irán cuarenta años después....



         El régimen clerical-fascista se jacta de que ha aplastado la revolución, con fecha 4 de enero, pero se equivoca una vez más. La matanza realizada puede frenar temporalmente la movilización popular, pero ésta volverá a resurgir, y con mayor fuerza, incorporando a más sectores de la población, hasta que se convierta en una revolución victoriosa que expropie a los clérigos hiper-capitalistas su inmenso poder económico, derribe las perversas estructuras políticas actuales, lleve ante tribunales populares a los jerarcas asesinos, elimine todo rastro de patriarcado o neo-patriarcado y separe radicalmente la religión y la política, estableciendo la libertad de conciencia y la libertad de expresión.



         Lo sucedido es, además, una manifestación de la crisis general del islam hoy, que en todos los países que durante siglos ha dominado encuentra una oposición creciente. Los desmanes del clero islámico están suscitando una resistencia ascendente no sólo en Irán sino también en Arabia de los Saud, Marruecos, Turquía, Egipto y otros varios países. Su naturaleza de estamento hiper-privilegiado que detenta lo esencial del poder económico y que ahoga por la fuerza toda discrepancia y cualquier libertad popular hace que la oposición popular revolucionaria le tenga cada día más como blanco central de su ira y sus luchas. Se va hacia una implosión de las sociedades sometidas al islam en la que el clero saltará por los aires, y eso en todos los países, como ya está sucediendo en Irán.



         Significativamente, la tierra de promisión del islam es Europa. En ello coopera el Vaticano, con el papa Francisco al frente, la izquierda caviar, la izquierda estalinista que lleva año lucrándose con el dinero ensangrentado de los ayatolás, los buenistas del multiculturalismo, el imperialismo alemán heredero del nazismo, la gran banca europea, el aparato militar de la UE y, cómo no, el feminazismo, desde hace mucho entregado al clero islámico. Estas fuerzas manifiestan su “tolerancia” hacia la élite clerical iraní pero no dicen nada a favor de las decenas de miles de jóvenes iraníes, sobre todo mujeres, que ahora, en estos momentos, están siendo torturados y asesinados en las mazmorras de los ayatolás. El papa Francisco está guardando un silencio cruel respecto a la revolución iraní, lo que deja a los asesinos las manos más libres. Éste parece añorar los tiempos en que el Vaticano bendecía al dictador fascista Francisco Franco y se ha buscado una tiranía de sustitución ante la que estar de rodillas, la del clero islámico. De la penosa aventura de suscitar la islamización/fascistización de Europa, la Iglesia, como institución anticristiana, saldrá todavía más desacreditada y disminuida.



         ¿Qué decir de los jefes y jefas de la izquierda “radical” española en su relación con el totalitarismo iraní? El régimen de los ayatolás no sólo se impuso matando en masa a la militancia del partido Comunista pro-soviético, así como de grupos maoístas, guevaristas y anarquistas, en 1979-1982, sino que ahora los portavoces de los clérigos asesinos culpan del levantamiento popular a una organización marxista clandestina, los Muyahidin del Pueblo de Irán. No es cierto que este grupo haya dirigido el levantamiento, que ha sido espontáneo y apartidista, pero sí lo es que está en la acción clandestina anticlerical desde hace mucho, aunque como fuerza marginal, lo que suscita respeto y solidaridad.



De modo que los jefes y jefas de la izquierda estalinista están dando respaldo a quienes llevan decenios asesinando a sus correligionarios en Irán…. Y todo por dinero. De ahí que ahora estén llenando Internet de calumnias contra los revolucionarios iraníes, esos titanes dignos de encomio y admiración, que con su sacrificio heroico están cambiando el destino del mundo. En efecto, su épico obrar está frustrando la islamización/fascistización de Europa, y con ella de todo el planeta. Algunos de quienes les calumnian e insultan se dicen “anticapitalistas” pero niegan el contenido anticapitalista y revolucionario del magno alzamiento popular en Irán. Ciertamente, quienes están con los ayatolás están con el capitalismo, es más, con su forma más perversa, tosca y demente, la propia del clero musulmán.



El bocazas y demagogo de Donald Trump ha intentado sacar rédito político de los acontecimientos en Irán, diciendo que “apoya” el levantamiento popular en Irán, lo que es una mentira más de las suyas. No hay que olvidar que en sus orígenes la república musulmana de Irán fue una creación de Occidente, sobre todo de EEUU y Francia, para impedir el triunfo en ese país del Partido Comunista afín a la Unión Soviética, hecho que muestra lo obvio, que el islam es un instrumento político del imperialismo occidental. Sólo en una fase posterior surgieron algunas diferencias entre los clérigos y los EEUU por el reparto de poder en el área. Trump siente tanto pánico como los jefes musulmanes al triunfo de una revolución popular en la zona. Y si ésta avanza le veremos colaborar, a él y al sionismo, con los ayatolás, como en el pasado. Trump, además, ha mentido y traicionado desvergonzadamente a sus electores, a los que prometió “mano dura” con el fascismo islámico, que en los hechos se ha convertido en un interminable besuqueo con los clérigos totalitarios. Es un agente más de la islamización de Occidente, operación cada día más debilitada y disminuida, gracias a la colosal resistencia popular que está encontrando.



No menos disparatada es la posición de la corriente conspiranoica ante los acontecimientos revolucionarios de Irán, que condena como una maquinación del sionismo y EEUU. De nuevo se equivocan, víctimas de su folletinesca puerilidad, que les obliga a ver por todas partes grupos secretos complotando en las alturas, sin aceptar lo obvio, que el pueblo, los pueblos, existen y que de vez en cuando se alzan en rebelión y también en revolución. Su negativa a considerar que es el pueblo, la gente común, el agente principal de los acontecimientos políticos y sociales y no las organizaciones secretas va unida a su incapacidad para pensar en términos de revolución. Por eso han ido de apoyar a Trump, ese payaso ultra-reaccionario, a respaldar a Putin, un déspota militarista que continúa la política imperialista rusa de los zares y los bolcheviques. En su infantilismo, los conspiranoicos admiten también a Bashar el Assad, un asesino en masa al que sólo la fenomenal majadería de Occidente, al crear y financiar al Estado Islámico en Siria, ha salvado de ser derrocado y castigado por sus crímenes. Él es amigo íntimo de los ayatolás iraníes, y eso lo dice todo. La conspiranoía se está convirtiendo en una forma de extrema derecha entre otras, como manifiesta en su postura ante Irán.



La posición de los revolucionarios se resume en dos palabras: pueblo y revolución. Pueblo que se levanta y alza, revolución que se hace y realiza. Eso es todo y en todos los países.


martes, 19 de diciembre de 2017

LA NAVIDAD Y LA FIESTA POPULAR

         Se suele admitir que, originariamente, la Navidad es la celebración del solsticio de invierno, del Sol Invicto de los romanos, apropiada por la Iglesia desde la segunda mitad del siglo IV. Esto ayuda a formular la propuesta de su recuperación en tanto que celebración popular y civil, vale decir, emancipada de servidumbres y adherencias institucionales, clericales y mercantiles.

         Hoy la Navidad, en tanto que fiesta, agoniza. Es casi exclusivamente una herencia del pasado maltratada y aviesamente administrada por el poder constituido, en la que lo popular autoconstruido apenas tiene existencia. Recuperarla demanda, en primer lugar, repensarla y reinventarla, y sólo secundariamente mantener lo que fue en el pasado.

         Todas las fiestas populares, así como la categoría misma de fiesta popular, que es experiencial y actuante, están en liquidación, asunto en que se pone de manifiesto el temible proceso aculturador que padece Europa, en la que las instituciones estatales y empresariales han logrado reducir prácticamente a nada a lo popular, por tanto al pueblo, a la gente común, en todas sus manifestaciones, entre ellas las festivas. Esto, además, ha conformado una pseudo-fiesta aburrida y deprimente, a menudo hórrida e intragable, que contribuye a la desolación universal en que se han convertido nuestras vidas en “la sociedad perfecta y completa”, la actual...

         Empecemos la recuperación de la fiesta como quehacer del pueblo, de los pueblos, estableciendo el axioma de que es necesaria, imprescindible. Los seres humanos necesitan de diversión y alegría, de entretenimiento y recreación, para sobrellevar los sinsabores y dolores inherentes a la existencia, y más aún para reencontrarse en el ámbito de lo lúdico con sus semejantes, reafirmando también así los lazos de convivencia, afecto, hermandad, compartir y vida en común.

         En mi libro “Naturaleza, ruralidad y civilización” dedico un apartado al estudio ateórico de esto, cuyo título es “Reflexiones sobre la fiesta popular de la sociedad rural tradicional”, que para muchos de sus lectores y lectoras es el capítulo más apreciado. Expongo que la fiesta popular es la que hace el pueblo de manera autónoma y soberana, de forma autoconstruida y autogestionada, en la que él es actor y no espectador, creador y no consumidor, elemento activo y no criatura adoctrinada, donde lo institucional o no existe o es mínimo, y dónde lo decisivo es la convivencia y la relación, siendo lo demás complementario.

         La alegría, el goce, el ardor y la emoción vienen, en la fiesta popular, de la eficacia convivencial, de la fusión interpersonal, del deseo y gusto por estar juntos, del apreciarse, quererse y sentirse parte de un grupo humano estructurado por el impulso afectuoso polimorfo y multidireccional. La fiesta sustentada en el conflicto y en desamor, o meramente en la indiferencia, el solipsismo y la frialdad emocional, es una aberración, un fastidio lúgubre que únicamente puede mantenerse con estímulos externos indeseables, el abuso del alcohol, las drogas, etc.

         Ciertamente, los seres nada intencionadamente producidos en serie por el actual régimen de dictadura, como expongo en mi libro “Crisis y utopía en el siglo XXI”, en su existencia nadificada, no son capaces de solazarse y disfrutar, no consiguen sentir la alegría de la diversión auténtica, natural. Del mismo modo que no saben pensar, no saben trabajar, no saben convivir y no saben autogobernarse tampoco saben divertirse. Por eso son criaturas tristes y fúnebres, ajenas al júbilo y al entusiasmo, al contento y a la risa, meros habitantes de Tristania, la vigente sociedad de la depresión, la amargura, la desolación, el odio, el conflicto interpersonal y la desesperanza. Mientras la fiesta sea comprada en el mercado (o producida por el Estado, en tanto que “circo” del “pan y circo”) y no autoconstruida, mientras el sujeto sea en ella mero espectador y no actor comunal, y mientras se considere que lo esencial son las cosas o sus equivalente (música, alcohol, etc.) y no los seres humanos, será imposible recuperar el bureo, la jarana, la broma y el regocijo en toda su potencia emocional, en la plenitud de su grandeza y sublimidad.

         La Navidad es la fiesta convivencial por excelencia, y su recuperación ha de empezar por ahí. El primer paso para deleitarse y disfrutar de ella es empezar por destinar un tiempo a la introspección, en silencio y soledad, a fin de determinar qué fallos y faltas hemos tenido en la relación con los otros en los meses precedentes, en qué hemos faltado, ofendido y humillado a otros, o si hemos sido fríos de corazón, indiferentes, intolerantes, impositivos, descorteses, faltos de generosidad, tristes, hipercríticos, aburridos, virulentos, egocéntricos o interesados con nuestro iguales.

         Puesto que la alegría resulta del amor mutuo lo primero es restaurar el afecto de unos a otros. La fiesta o es fiesta convivencial autoconstruida o no es.

         De ese autoexamen ha de salir una alteración mejorante de la propia conducta, que se sustente, sobre todo, en localizar cuándo hemos realizado bien la convivencia con los iguales, para afirmar nuestra positividad, ampliando y si es posible elevando a un nivel superior la propia actividad relacional y afectuosa. Porque la meta es consolidar lo positivo y corregir lo negativo, por ese orden.

         Se trata de demandar excusas a quienes hayamos tratado mal y de olvidar el maltrato recibido, de comprometerse con uno mismo a considerar de un modo nuevo, efusivo y reconciliador, a las personas con las que estemos enfrentados y de elevar la existencia comunitaria a grados crecientes de pasión unitiva, emoción relacional y euforia lúdica. Alcanzado este estadio se ha establecido la piedra angular, la precondición necesaria, de la diversión y el regocijo, de la fiesta y el jolgorio.

         La Navidad es el momento de disentir, en el pensamiento y la palabra pero sobre todo con la propia conducta, del apotegma clásico que propone como metas axiológico-morales a la persona, “iluminar la inteligencia, avivar el sentimiento y fortificar la voluntad”. El yerro está en que ignora la convivencia. No basta con la inteligencia, la sensibilidad y la voluntad, pues de ahí emerge un sujeto mal construido, mutilado, por no-desarrollo de la parte afectiva y relacional. Un individuo inhábil, entre muchas otras actividades decisivas, para la fiesta. La fusión de lo reflexivo, lo emotivo, lo volitivo y lo convivencial es una revolución axiológica.

         Así pues, la Navidad es tiempo de reconciliación y afectuosidad, de impulsividad emotiva e intensidad relacional, de ruptura de las barreras que separan a los seres humanos. De ella ha de emerger una conducta nueva, en cada una y cada uno, cuya esencia es la amistad, el compañerismo, la vecindad, la comunalidad, la cortesía, la fusión psíquica y vivencial, el ir desde el yo al nosotros sin dejar de ser yo, uno mismo.

         Atendiendo a lo complementario diré que en estas fechas suelo escuchar a Juan del Encina (1468-1529) entre los músicos del pasado, lo que hago desde hace muchos años, valiéndome de la “Obra musical completa de Juan del Enzina”. A este autor se le atribuye la admisión del villancico, en tanto que creación popular, en la música culta, si bien en ese tiempo tal denominación no se reducía, como hoy, a piezas específicamente navideñas. Me agrada, así mismo, oír el repertorio musical recogido en la compilación, de 1992, “Las Cuadrillas de Murcia”, con tres CD, un colosal regalo, inmerecido, de su director, mi amigo Manolo Luna, que nunca sabré como corresponder. A ello añado la colección de música popular vasca recogida por Alan Lomax en los años 50 del siglo pasado, editada en dos CD, uno dedicado a Navarra y el otro a Gipuzkoa y Vizcaya, formando parte de “The Alan Lomax Collection”. Ciertamente, todo ello es en gran medida pasado, por desgracia, lo que nos llama a reconstruir, recrear y reinventar la música popular, conforme a las condiciones del siglo XXI.

         La fiesta popular es, además, comensalidad. Tomar productos sencillos, cocinados por uno mismo y en cantidades razonables, sin excesos y sin despilfarrar, es parte necesaria de la fiesta. Lo mismo la bebida. Ingerir moderadamente fermentados, vino, sidra o cerveza, o incluso dar un tiento a alguna copita de licor, es bueno, siempre que se haga con autocontrol y contención. Lo cierto es que la fiesta convivencial, por su magnificencia inmanente, impide los excesos etílicos, pues los participantes extraen de los otros, de sus palabras, presencia, risas, miradas, movimiento de manos, intervenciones musicales, chistes y dichos ingeniosos y jocosos, una satisfacción psíquica tan enorme que no necesitan del estímulo de la bebida. Si se abusa de ésta es porque la fiesta está mal planteada, o porque el sujeto que se degrada con el alcohol necesita autoconstruirse emocional y relacionalmente.

         Así pues, amigas y amigos, os deseo una excelente Navidad. Lo dicho, no dejéis que el desamor os haga tristes y depresivos, aferraros a la convivencia y exultar vitalmente desde ella. Que la inocencia, la energía, la hermandad, el buen humor, el amor a la vida, la voluntad de bien, el espíritu de servicio, la afección a la revolución integral y la alegría en actos os guíen.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

EL PARLAMENTARISMO NO ES DEMOCRACIA. ES DICTADURA 6 de Diciembre de 2017

       El 39 aniversario de la Constitución española de 1978 permite renovar la denuncia del actual sistema político en su totalidad. Con ello se pretende no sólo desacreditarlo, lo que sería un objetivo puramente negativo, una aplicación de ese desatino filosófico que es el “pensamiento crítico”, sino abrir camino a la revolución. En efecto, esta es meta constructiva, tarea hacedera, misión y destino, esfuerzo y servicio. Es un obrar que está cualitativamente por encima del criticismo “radical”, fácil y simplón, que se agota en sí mismo y, a fin de cuentas, sirve al sistema por no ofrecer propuestas trasformadoras, ya que al prescindir de ellas por negativismo siembra la desesperanza y la amargura, por tanto la pasividad.

         Lo concluyente es la revolución, la revolución holística e integral, en lo político un orden de democracia y libertad para el pueblo, cuyo armazón será un régimen de asambleas populares soberanas en red. Éste, para cada pueblo, nación o país, se articulará en varios niveles: el local, con el sistema complejo de la asamblea/asambleas de los vecinos y vecinas de cada municipio; el comarcal, al que acudirán portavoces (no representantes) de las juntas o asambleas locales, obligados por el mandato imperativo; el regional o territorial, conformado por los portavoces de los organismos comarcales y el del país o nacional, con portavoces de los organismos regionales o territoriales.

         Ese orden político de cuatro grados se caracteriza porque todos los cargos u oficios unipersonales serán anuales, no remunerados y, como se ha dicho, obligados a someterse a la voluntad política de los electores por medio del mandato imperativo. No habrá políticos profesionales, sujetos que vivan de la política, cuya existencia hoy es prueba irrefutable de que el actual sistema es una dictadura, un régimen tiránico y dictatorial. En el autogobierno por asambleas el poder decisivo es el de las bases de la sociedad, de tal modo que cuanto más “arriba” se asciende en los niveles o grados menos poder se podrá desplegar.

         Eso es la revolución, la soberanía del pueblo ejercido asambleariamente. Pero no en asambleas vociferantes e irresponsables, mero batiburrillo de jóvenes “radicales” de clase media que juegan a ser “alternativos”, sino en organismos cabalmente formalizados, en los que cada sujeto tendrá no sólo derechos sino también deberes, entre ellos el de someterse a la opinión de la mayoría y respetarla, siendo sancionado si no lo hace. En él las mayorías admiten a las minorías y a los disidentes individuales al mismo tiempo que aquéllas y éstos respeta a las mayorías, conviniendo en que su voluntad política es la que se hace norma y mandato.

         El fundamento de la libertad política es el armamento general del pueblo, con desaparición e inexistencia de los cuerpos profesionales especializados en el uso de la fuerza y el manejo de los medios de acción violenta. No habrá, por tanto, ni ejercito ni policía, siendo el servicio de armas un deber cívico que será obligatorio (salvo objeción ética) para todos los varones y todas las mujeres. Así, la milicia dejará de ser un oficio para convertirse en un servicio.

         Sin cuerpos armados especializados, sin funcionarios profesionales y sin políticos por oficio, será el pueblo quien gobierne. Sólo así podrá ser real la soberanía popular, que la Constitución de 1978 exalta verbalmente sólo para negarla en la práctica, en la vida real, con cinismo y desvergüenza.

         Una parte más de la conquista de la libertad política es la supresión de la gran propiedad financiera, industrial, de servicios y agrícola, que ha de ser expropiada sin indemnización para pasar a ser manejada de una forma comunal y autogestionada. Así se pondrá fin a la intervención del gran capitalismo en la vida política, comprando partidos y políticos (a todos los sobornan, con independencia de lo que digan y prometan, también los “anticapitalistas”), promoviendo campañas mediáticas, subsidiando a intelectuales y artistas, etc. El gran capital es por naturaleza enemigo de la libertad política (también de la libertad civil y de la libertad de conciencia) y por eso no puede tener sitio ni existencia en una sociedad libre.

         Un orden sustentado en la libertad requiere de una gran calidad (autoconstruida) de la persona, demanda una altísima valoración por parte de cada una y cada uno de las categorías prácticas de virtud cívica y virtud personal. Sin sujetos de calidad y sin adhesión de éstos al ideal y el quehacer de servir desinteresadamente al bien público, por convicción interior y sin esperar nada personal a cambio, no es posible la democracia ni la libertad política, es imposible un régimen de asambleas soberanas en red. Lo mismo respecto a la libertad de conciencia, que es la precondición de la libertad política, lo que excluye toda forma de aleccionamiento, sistema educativo estatal (como el actual) y negación de la libertad de expresión[1].

         Frente a la ferina voluntad de poder, la homicida razón de Estado y el brutal individualismo posesivo del actual sistema situamos la virtud cívica, la virtud personal y la libertad.

         Hoy avanzamos hacia la conquista revolucionaria de la libertad política a través de seis quehaceres: 1) denunciando al régimen actual y a cualquier otro que se sustente en el parlamentarismo, monárquico o republicano, con la actual Constitución o con otra, español o catalán, de la Unión Europea o de otro lugar del planeta, 2) exponiendo que sólo un orden político-jurídico de asambleas soberanas es democrático para el pueblo, 3) negando que la participación en los organismos gubernamentales, desde el parlamento al ayuntamiento, sirva para algo bueno y útil, lo que supone proponer la abstención activa y combativa en cada acto electoral, 4) desarrollando la noción de pueblo, constituidos por los sin poder, para que se afirme en sí, tome conciencia de su fuerza, se reconstruya y se alce en revolución, 5) rechazando el montaje tétrico de la Unión Europea, un orden dictatorial constituido por una agrupación de Estados vasallos de Alemania, proponiendo la Europa de los pueblos, de las lenguas y las culturas, 6) combatiendo toda manifestación de fascismo a la vez que se rechaza el parlamentarismo sea nazi, neonazi o falangista, de derechas o de izquierdas, fascista o “antifascista”, civil, militar o religioso (musulmán), de blancos o de negros, de hombres o de mujeres, europeo o foráneo, del pasado o de nueva invención.

         Así avanzamos hacia la revolución, que se manifiesta ya en la masa creciente de muchas y, a largo plazo, difícilmente resolubles contradicciones y antagonismos que cuartean a las sociedades europeas en su base política, en su substrato demográfico y en sus superestructuras políticas e ideológicas. De ellas y desde ellas, por nuestro esfuerzo múltiple, espíritu de combate y voluntad de sacrificio, por nuestra calidad como personas y como comunidad popular, saldrá la revolución integral.

        




[1] El régimen constitucional actual se jacta hipócritamente de que garantiza la libertad de expresión, y de que todas las opciones y propuestas políticas tienen una presencia proporcional y equivalente en los medios de comunicación y en el sistema escolar. Pero ¿cuándo y dónde se admite a quienes denunciamos el régimen de la Constitución de 1978 como una dictadura, negamos que se pueda reformar y hacer democrático a partir de sí mismo, y proponemos una revolución con formación de un gobierno por asambleas? Jamás se nos acepta en ningún lugar o espacio en que impere el statu quo, de modo que somos los excluidos y marginados, cuando no los perseguidos, por el actual orden. Mientras los lacayos del poder constituido, que dijeron querer “tomar el cielo por asalto” (hasta ahora lo único que han tomado por asalto son los presupuestos del Estado), se pavonean en las televisiones repitiendo día tras día que el parlamentarismo, este u otro, es democracia, los revolucionarios quedamos siempre extramuros, nunca somos llamados a los platós. Mientras ellos tienen enormes medios económicos y tecnológicos a su servicio, y se embolsan cada mes emolumentos y sueldos estatales considerables, nosotros vivimos de nuestros muy modestos recursos. Eso es dictadura, eso es tiranía, eso es totalitarismo. Un orden revolucionario sustentado en la libertad no actuará así, por lo que en él los partidarios del parlamentarismo tendrán también su sitio en el sistema comunicacional y de difusión de ideas. Se trata sólo de quebrar y extinguir su actual monopolio y exclusivismo, sin negarles la palabra. No somos como ellos ni queremos serlo, en nada. Nuestra meta es superarlos cualitativamente, vencerlos absolutamente con la reflexión, la palabra y los hechos.

domingo, 5 de noviembre de 2017

LA HORA DE LA REFLEXIÓN. Hacia una estrategia para la liberación popular-nacional de Cataluña


“Audentes fortuna iuvat”[1]



         Los acontecimientos de Cataluña están siendo una colosal lección sobre política práctica, en particular acerca de qué y cómo deben ser hoy los procesos de liberación nacional de los pueblos oprimidos en Europa.

         El fiasco del nacionalismo burgués y estatolátrico catalán, así como de su último retoño el nacionalismo partitocrático e institucional centrado en la Generalitat, abre la posibilidad de formular desde una perspectiva popular y revolucionaria, la única realista y eficaz, la cuestión catalana. Esto significa que, tras más de un siglo de hegemonía y dominio, el nacionalismo propio de la gran burguesía “catalana” (en el presente inexistente, al haberse fusionado con la española) y las clases medias permite ser refutado ahora con eficacia. De ello puede resultar un planteamiento específicamente revolucionario y nacional/universalista de la acción emancipadora necesaria para que el pueblo catalán evite su desaparición, siga existiendo, continúe siendo, reafirme su esencia concreta a partir de lo que ha sido y de lo que es, por sí y desde sí.

         Es peculiar de la historia de Cataluña, desde el siglo XIX, que las clases populares sean políticamente dominadas por el populismo nacionalista segregado por los partidos de la burguesía catalana, que se valen de sus perennes querellas con Madrid, que son meras luchas de poder, para dotarse de un aura de “radicalidad”. Eso hace imposible, o al menos más difícil, la maduración de la revolución, pues siempre existe la posibilidad de que la burguesía catalana, o en su defecto, el nacionalismo “catalán” partitocrático, echen mano de la cuestión nacional para recomponer su relación con los trabajadores, reduciéndolos de nuevo a la obediencia al ideario burgués. Así, cuando ahora prometen la “república catalana” siguen defendiendo un tipo de capitalismo y explotación con cambios meramente verbales sobre la base del reforzamiento del Estado.

Los acontecimientos que aquí se analizan tienen lugar en un momento histórico lleno de incertidumbre y dramatismo, aunque también de grandes oportunidades y esperanzas, en el cual el proceso de mundialización llevado adelante por el bloque constituido por la gran empresa multinacional sumada al Estado y conjuntos de Estados (la UE, por ejemplo) hipertróficos está laminando a todos los pueblos del mundo, con aniquilación de sus lenguas y culturas, en una atroz dinámica aculturadora, uniformista y homogeneizante, en la que sólo tiene cabida una única lengua, el inglés, y una única “cultura”, en realidad subcultura, la fabricada por el corrompido aparato académico como brazo ideológico de un poder tiránico que desea ser planetario, y por la perversa industria del ocio que opera a escala mundial.




[1] “La fortuna favorece a los valientes”.

lunes, 23 de octubre de 2017

RUSIA EN 1917, LA ANTIRREVOLUCIÓN COMO “REVOLUCIÓN”

      En octubre de 2017 hace un siglo que tuvo lugar la así llamada “revolución socialista” rusa. El tiempo transcurrido; su acabamiento con la patética auto-liquidación de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) en 1991; los decisivos cambios que están teniendo lugar a nivel planetario y la publicación de un buen número de estudios y balances, algunos de calidad en lo fáctico, permiten alcanzar conclusiones fiables sobre lo más determinante en esta materia, a saber, qué es una revolución y cuáles son sus contenidos, metas y procedimientos[1]. Porque los acontecimientos de 1917 no fueron otra cosa, en un último análisis, que una afirmación y refundación del capitalismo con nuevos ropajes, la expresión de una forma más de contrarrevolución burguesa y estatal.

         El mal mayor infringido a la humanidad por la descomunal farsa de la “revolución rusa” ha sido desacreditar hasta lo indecible y cubrir de cieno la idea misma de revolución. De ese modo, aquélla ha hecho el mayor servicio posible al capitalismo al garantizarle un amplio periodo de estabilidad, aceptación (o por lo menos resignación) y paz social. Ha conseguido que sus oponentes y críticos actuales no encuentren las ideas necesarias para ir más allá de una actividad disidente de poco calado, aunque a veces de mucha bulla y fanfarria, sin dar el salto a lo más necesario, pensar y efectuar una negación programática y práctica de la totalidad finita del orden constituido, con el fin de avanzar hacia una sociedad sin capitalismo, por tanto, sin artefacto estatal.

         Quienes elijan la revolución como tarea actual, de hoy, están obligados a sostener y probar argumentalmente que: 1) los hechos de 1917 no son una revolución sino una contrarrevolución, que no se hizo con las clases trabajadores sino contra ellas, 2) su teoría rectora, el marxismo, es una forma peculiar de ideología burguesa, de progresismo pro-capitalista radical, de apasionamiento productivista y economicista, incluso si en alguna cuestión aislada está acertada, 3) Los resultados en Rusia fueron tan destructivos que, llegado un momento, la nueva burguesía comunista que realizó y consolidó la “revolución” de 1917 tuvo que prescindir de la superestructura “socialista” para instituir la Rusia actual, una potencia imperialista explícitamente capitalista en la que manda y es gran propietaria de manera perfectamente regularizada una élite descendiente de la burguesía bolchevique que llevó a efecto la inmensa parodia de hace un siglo.

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[1] Este asunto está tratado de forma extensa en mi libro “La democracia y el triunfo del Estado. Por una revolución democrática, axiológica y civilizadora”. El presente artículo es una profundización de dicho análisis, con nuevos datos, y es sobre todo un avance en la comprensión creadora de los diversos aspectos implicados, enfatizando la cuestión de la revolución por hacer en tanto que cosmovisión, proyecto y tarea. El pensamiento y el conocimiento no han de detenerse nunca, estando siempre en desarrollo y perfeccionamiento.

miércoles, 11 de octubre de 2017

LA ESPANTADA DEL “INDEPENDENTISMO”

        Como era previsible, Carles Puigdemont ha vuelto a decir nones, aplazando la instauración de la “República Catalana”, burguesa y empresarial, estatista y policial, por tanto catalana sólo en apariencia. Ello ha llevado a alguna formación “radical” a tildar su actuación de “traición inadmisible”. Pero, traición ¿a quién?, ¿a su clase social?, ¿a Cataluña? Su ejecutoria como alcalde de Girona manifestó el servilismo de aquél hacia la gran banca. Por tanto, ha obrado en consecuencia. El análisis que hice en el articulo “Cataluña por su liberación”, editado el 30 de setiembre, ha sido confirmado por los acontecimientos.

         La llamada “fuga de empresas” de Cataluña, operación dirigida por el presidente de CaixaBank, Isidre Fainé i Casas, y el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu i Creus, no es tanto una cuestión económica (sus efectos en este terreno son escasos) como una provocadora expresión política e ideológica de que el gran capitalismo financiero “catalán” está categóricamente en contra de la independencia. Bajo su dirección todas las empresas “catalanas” del Ibex 35, que juntas cotizan en bolsa unos 80.000 millones de euros, han ido abandonando sus sedes en Cataluña.

La conclusión es incontestable: mientras exista el régimen del gran capitalismo el pueblo catalán no podrá alcanzar la libertad. Únicamente una Cataluña popular, comunal, revolucionaria, liberada de la tiranía de la gran empresa mundializadora (ahora española), puede ser una Cataluña soberana y autodeterminada. La lección acerca de cuál es realmente la situación ha sido formidable, desmontando las formulaciones del nacionalismo burgués decimonónico tanto como del “anticolonialismo” del siglo pasado.

Hoy, en el siglo XXI, la liberación nacional de Cataluña no puede separarse de una propuesta revolucionaria integral. Es parte de la revolución: ésta es el todo y aquélla una de sus componentes.

Lo mismo cabe argüir en lo referente al Estado. El “referendo” del 1-0 desencadenó la represión del Estado español, mostrando que existe y puede intervenir, provocando cientos de heridos. El aparato judicial actúa contra el pueblo catalán y el ejército español acecha en la sombra, todo ello con la anuencia hipócrita (dice lamentar la represión a la vez que la justifica) de la UE. La conclusión es que tiene que haber un proceso de desarticulación del Estado español, y de resquebrajamiento, cuando menos, de la Unión Europea, para que Cataluña recupere su ser. Sin una revolución popular peninsular y europea Cataluña seguirá siendo una nación sometida: así de severa es la realidad e ignorarla de nada sirve.

En suma, la liberación nacional es un quehacer bastante más complejo, arriesgado, largo y exigente que el fácil, instantáneo y cómodo introducir una papeleta que diga SI en una urna. Los caminos fáciles no llevan lejos.

La Generalitat no es el pueblo catalán sino su negación. Aparece en el siglo XIV (se suele fechar su constitución como tal en el año 1359) para dar expresión en el territorio de Cataluña del poder de la monarquía aragonesa. Surge para arrinconar a las instituciones que realmente eran el meollo del pueblo catalán desde su formación como tal en el siglo VIII, el consell obert (concejo abierto) local y comarcal, el derecho consuetudinario, el comunal (decisivo en la Cataluña popular), el armamento general del pueblo y los sistemas de trabajo libre asociado con ayuda mutua. Desde sus orígenes la Generalitat ha sido señorial y real, dirigida a contrarrestar primero y luego a extinguir los logros de la revolución de la Alta Edad Media, que crea a Cataluña.

Hoy la Generalitat es una herramienta de la casta partitocrática de Barcelona, que la utiliza para sus periódicas trapisondas y embelecos con Madrid. La última el “procés”, con el supuesto referendo del 1-0 y la jactanciosamente anunciada pero finalmente abortiva “declaración de independencia” posterior. La ley fundacional de la republica catalana, por señalar un asunto cardinal, mantiene y da por buena la ley de política lingüística promulgada por la Generalitat de 1998, por la cual la lengua catalana se ha ido hundiendo y desintegrando. Porque el idioma catalán es la víctima principal del catalanismo burgués y el “independentismo” partitocrático, al hacer de él asunto institucional y no patrimonio vivo del pueblo.

El continuismo en la cuestión de la lengua entre el régimen autonómico y la supuesta república catalana “independiente” prueba que ésta es la última máscara del Estatut de 2006, en tanto que legislación española para Cataluña. En definitiva, la pugna actual entre la Generalitat y el gobierno de Madrid es una reyerta entre España en Barcelona y España en Madrid. España contra España pero unidas, la una y la otra, contra Cataluña y contra el catalán.

¿Pero, qué se puede esperar de una casta politiquera como la de la Generalitat, que ha impuesto recortes sociales extensos, numerosos y muy dolorosos, que ha creado un profuso funcionariado “independentista” centrado en llenarse los bolsillos, que ha reprimido violentamente a los trabajadores catalanes un sinfín de veces y que tiene por fundador a un corrupto descomunal, Jordi Pujol, que ha creado, en efecto, la república bananera de Cataluña, con su escudero Artur Mas? Dicha casta ha acumulado un poder inmenso, que le ha sido otorgado por el gobierno español para controlar política e ideológicamente al pueblo catalán. Y de él se ha servido para urdir el montaje “independentista”, dirigido a exigir a Madrid más poder y más numerario para sí.

¿Qué se puede esperar de ERC, entregada al capitalismo, corrupta, y cuya única habilidad es servirse de una demagogia sin limitaciones para sus negocios mil? Desde sus orígenes es un partido español para catalanes, lo que oculta con periódicas arrancadas de un catalanismo “feroz”, que se hace “independentista” cuando conviene pero que jamás perturba al Estado español, del que vive económicamente…

Para quienes de buena fe han creído, e incluso creen todavía, en el “procés”, el mensaje que se desprende de los hechos es irrefutable: la estrategia seguida está equivocada, es un callejón sin salida, y sólo puede llevar a la decepción y desmovilización por decenios del pueblo, lo que será catastrófico. Por la vía institucional no se llega a ninguna parte. Hay que formular una nueva estrategia, popular y revolucionaria, que parta de lo que Cataluña ha sido en sus mejores momentos, adecuándolo al siglo XXI. La idea guía, la piedra angular, es que sin revolución no puede haber soberanía popular y sin ésta no es posible la soberanía nacional.

domingo, 1 de octubre de 2017

CATALUÑA POR SU LIBERACIÓN

         Es comprensible que los catalanes estén furiosos. Su historia ha sido y sigue siendo tergiversada y falsificada, su cultura negada y la lengua catalana año tras año retrocede frente al castellano y al inglés, sin olvidar al árabe, impuesto por el clero musulmán teofascista introducido masivamente con aviesas intenciones en el país por la Generalitat. Se puede calcular en qué año -no lejano- el catalán será, si continúa la situación política actual, una lengua tan minoritaria en Cataluña que ya no sea posible su recuperación. Las decisiones sobre las cuestiones básicas que afectan al pueblo catalán se toman en Madrid, y la judicatura tanto como los Mossos d’Esquadra obedecer al gobierno español. El ejército en Cataluña es el ejército español, del mismo modo que el gran capitalismo es todo él español, quedando como catalán la mediana empresa y los autónomos. Barcelona, la gran urbe parasitaria y ecocida, aplasta y saquea a la Cataluña provinciana y rural. Las directrices de la Unión Europea, en todas las materias, son decisivamente aculturadoras y desnacionalizadoras. EEUU, o sea, el imperialismo yanki, sostiene que Cataluña es “parte de España”.

         ¿Cómo se ha llegado a esa situación? El Estatut de Autonomía es la causa. Impuesto tras el franquismo convirtió la lengua en elemento institucional, esto es, dependiente del Estado español, arrebatándoselo al pueblo. Con ello la lengua catalana pasó a ser pertenencia y patrimonio de una masa bienintencionada pero irreflexiva (y por ello aún más funesta) de profesores y enseñantes pagados por la Generalitat, es decir, por el Estado español en Cataluña. De ese modo dejó de ser lo que había sido desde los siglos VIII-IX, cuando se creó, patrimonio de las clases populares. Igual sucedió con la cultura, la historia, la axiología y la idiosincrasia, que fueron expropiadas a la gente común para quedar en manos de funcionarios y neo-funcionarios, supuestamente “catalanes” al trabajar para la Generalitat pero realmente españoles de facto, al cobrar del gobierno de Madrid.

         La consecuencia de todo ello fue un salto adelante formidable de la desnacionalización y aculturación. Las gentes de Cataluña comenzaron a dejar de considerar como propia, como suya, su cultura, cosmovisión, lengua e historia, pues se sentían postergadas y suplantadas por la masa de funcionarios, excelentemente remunerados, de la Generalitat, el Parlament y los partidos “nacionalistas” e “independentistas”. Éstos eran los nuevos agentes del poder español en Cataluña, que ocultaban su verdadera naturaleza con una exhibición tan ruidosa como hipócrita de un catalanismo de opereta, meramente parlanchín y gritón, que escondía su naturaleza real, de agentes políticos e ideológicos españoles.

         Al mismo tiempo, la Generalitad y los nacionalistas catalanes (en realidad nacionalistas españoles travestidos) llevaron adelante una política de explotación inexorable de las clases populares, con recortes en los servicios, pensiones y prestaciones, bajada de salarios, escasas posibilidades de hallar un trabajo remunerador para la gente joven, cruel persecución de la maternidad, introducción masiva de inmigrantes para bajar los salarios, etc. Esto llevó a las grandes movilizaciones del 15-M en el verano de 2011 contra el Govern y la Generalitat, que fueron reprimidas con furia por los Mossos, la policía española en Cataluña, siguiendo órdenes del verdugo por antonomasia del pueblo catalán en ese tiempo, Artur Mas, hoy convertido en patrañero icono del “independentismo”.

         Recuérdese, sí, que en junio de 2011 el 15-M lanzó la propuesta de “rodea el Parlament” para condenar sus políticas antisociales, lo que fue contestado por los jefes del “independentismo” actual con una inclemente ola represiva que dejó cientos de heridos y docenas de detenidos, algunos de los cuales recibieron luego duras penas de cárcel y fuertes multas.

         Los Mossos, ahora presentados como la ejemplar policía de la futura República Catalana, es el cuerpo represivo español que año tras año acumula más denuncias por malos tratos y torturas. Los Mossos son la encarnación más temible del Estado policial presente/futuro, destinado a defender contra las clases asalariadas al capitalismo mundializador español, pues en Cataluña no existe hoy un gran capitalismo catalán, al haberse fusionado el que hubo antaño con el español. Una muestra entre cientos, o entre miles, de las atrocidades de los Mossos es el caso Esther Quintana, mujer a la que aquéllos reventaron un ojo, dejándola tuerta, en la represión de una manifestación callejera en 2012 en Barcelona. Y lo hicieron impunemente, pues los acusados de ello resultaron absueltos, como sucede casi siempre con el vandalismo policial de los Mossos.

         La liberación de Cataluña, si es real, si es algo más que verborrea a cargo de quienes se enriquecen con la “industria del independentismo”, que emplea a unos 20.000 parásitos, tiene que realizarse como expropiación sin indemnización de la gran empresa y la gran banca, ambas españolas, creando con ellas un sector autogestionado comunal y popular al servicio del bien general. No pueden ser creídos los “independentistas” que olvidan la liberación económica de Cataluña, lo que exige extinguir la presencia del empresariado español en ella. Cuando callan tenazmente sobre el significado económico de la emancipación manifiestan que son “independentistas” de pega.

         Una futura República Catalana o es comunal y revolucionaria, autogestionada y popular, o es la nueva máscara de la dominación de España, en tanto que opresión económica, empresarial, bancaria y financiera. Así pues, la revolución económica y social es parte necesaria e imprescindible del proceso de liberación nacional. Éste no puede darse “primero”, para “más adelante” realizar la revolución, sino que aquélla es parte integrante, por la naturaleza misma de la estructura social básica en el siglo XXI, de la revolución. Sin ésta no hay, porque no puede haber, liberación nacional. Por eso los que están a favor del capitalismo (todos los partidos y formaciones del Parlament) son por ello mismo españolistas de facto, aunque organicen ingeniosas y multitudinarias representaciones teatrales como el “referéndum” del 1-0. Éste es uno más de sus interminables chalaneos con Madrid (llevan haciéndolo un siglo), sustentados en el principio de escenificar tandas sucesivas de tira y afloja para llenarse mejor los bolsillos.

         Su negocio consiste en amenazar cada cierto tiempo con que se “independizan” sin independizarse jamás, pues de hacerlo perderían la fuente de sus formidables emolumentos, privilegios y momios, que reside en Madrid. Y el gobierno español está interesado en que este juego continúe porque el nacionalismo burgués y partitocrático realiza el control político e ideológico de las masas en Cataluña con perfección, garantizando la paz social y la buena marcha de la acumulación y concentración del capital.

         Ahora insinúan que va a “declarar unilateralmente la independencia” tras el 1-0. Bien, pero eso, si ha de ser algo más que una bravuconada sin efectos en la vida de la gente, si se ha de convertir en algo real y operativo, tiene que concretarse en la expulsión del ejército español de Cataluña, en arrojar a la guardia civil al sur del Ebro, en desarticular el aparato judicial español allí operante, en desmontar el sistema tributario de Madrid en los cuatro territorios y, también, en extinguir a los Mossos d’Esquadra, en tanto que feroz policía española. O los “independentistas” hacen todo ello o se ponen en evidencia como meros demagogos.

En tales circunstancias, si eso aconteciera, el pueblo catalán habría de aprovechar dicha coyuntura para valerse del vacío de poder creado y alzarse en revolución, conquistando la soberanía popular, que es el fundamento y sustancia de la soberanía nacional. Ésta han de utilizarla para constituir un régimen de poder popular autoorganizado en asambleas soberanas, con armamento general del pueblo (como se hizo en Cataluña tras la derrota del alzamiento militar y al mismo tiempo del Estado republicano español en julio de 1936), justicia popular a partir del derecho consuetudinario y expropiación sin indemnización del gran capitalismo español operante en Barcelona. Eso sería la revolución, eso y no otra cosa. Sobre la base del régimen popular-nacional así conquistado y estatuido se ejercería el derecho de Autodeterminación, en tanto que consulta popular libre acerca del tipo de relaciones que Cataluña desea mantener con los demás pueblos europeos.

Pero la perspectiva no sólo de una revolución sino incluso de un limitado alzamiento popular como el protagonizado por el 15-M en el verano de 2011 causa temor en el “independentismo” partitocrático y burgués. Hasta el punto de que el recuerdo de lo que sucedió (Artur Mas y dos docenas de jerarcas nacionalistas en una ocasión tuvieron que entrar al Parlament en helicóptero, al haber el pueblo de Barcelona cercado a aquél) les lleva a desear la permanencia de la policía y el ejército español en Cataluña, para que les proteja de las clases populares. Sus intereses clasistas hacen que jamás se atreverá dicho “independentismo” a plantear en serio, con actos y no sólo con palabritas, la liberación nacional. Lo suyo ha sido, es y será amagar y no dar.

Quienes desean, de buena fe, repetir en Cataluña los procesos descolonizadores posteriores a la II Guerra Mundial han de comprender que las circunstancias son otras, además de que tales operaciones, dirigidas desde EEUU, no dieron la independencia política a los pueblos sino que simplemente cambiaron su forma de subordinación y sometimiento, del colonialismo al neocolonialismo, habiendo resultado éste incluso peor en muchas ocasiones. El procedimiento de aplicar el derecho de Autodeterminación sin previa conquista de la soberanía popular-nacional es la artimaña de que se han valido los imperialismos para perpetuar su dominio. Lo mismo ahora en Cataluña. Hoy en ésta no existe la soberanía popular, dándose un régimen parlamentarista que es una forma de dictadura política. Y la Generalitat no es ni ha sido nunca ni nunca será la representación del pueblo de Cataluña sino un régimen oligárquico y señorial antaño y hoy un apéndice del orden político-jurídico español.

Cataluña sólo será libre cuando lo sea su pueblo. Y eso demanda un orden político de autogobierno popular por asambleas soberanas, que culmine en una estructura de abajo a arriba partiendo de las asambleas municipales, desde donde se crearían los organismos comarcales, con los portavoces de los concejos abiertos locales (de pueblo, barrio, etc.), los cuales a su vez se unificarían en un organismo para toda Cataluña. Eso existió en los siglos VIII-XIII, siendo entonces el poder condal una estructura sobre todo decorativa, con muy escaso poder efectivo.  Por cierto, todo eso ha sido ocultado y falsificado por la burguesía catalana nacionalista, así como por sus herederos los prebostes partitocráticos que ahora vociferan demandando la “independencia”… De ese modo manifiestan su falta de respeto y amor por Cataluña, negando lo mejor y más genuino, lo más épico y magnífico, de su historia. Al obrar de ese modo se convierten en los “botiflers” más impertinentes.

Asimismo, esa burguesía nacional ha ocultado durante muchos años, y por desgracia con gran éxito, la determinante importancia que en el pasado tuvo en Cataluña el comunal, la propiedad colectiva de los principales medios de producción. Dicha tropelía aculturadora y españolista llegó tan lejos que convirtieron a Cataluña en una anomalía en Europa, al presentarla como el único país en que, supuestamente, no existía ni había existido comunal… algo ridículo y aberrante. Esto manifiesta que dicha burguesía y partitocracia se atreven a todo, a falsificar y engañar conforme a sus intereses de clase, careciendo de respeto por el pueblo catalán.

Más grave es aún que la responsabilidad principal de la decadencia y retracción de la lengua catalana sea en primer lugar de la Generalitat y los partidos catalanistas, incapaces de asumir sus responsabilidades, que descargan sobre el Estado español, lo que sólo es verdad considerándolos a ellos como la expresión sustantiva de aquél en Cataluña. Ni el Estatut ni una (improbable) República Catalana pueden salvar al catalán. La solución está en una movilización popular en favor de la propia lengua y cultura, de tal modo que sea de nuevo patrimonio del pueblo y no bien expropiado a aquél por las instituciones.

Quienes tan bizarramente ondean banderas esteladas deberían dedicar un tiempo a reflexionar sobre el preocupante declive de la lengua de Cataluña. Y, después, a buscar remedios. Los “independentistas” funcionarios y neo-funcionarios jamás admitirán la solución verdadera, hacer del idioma patrimonio del pueblo, porque eso exige un nivel de movilización en la base que resultaría peligroso para ellos y sus sempiternos chalaneos con Madrid, así como para el capitalismo y para las estructuras del Estado. El sistema actual demanda la desmovilización popular por motivos variados, y en ese contexto el catalán no puede recuperarse. Únicamente una estrategia revolucionaria (dirigida a crear un gobierno por asambleas popular y una economía comunal autogestionada en Cataluña) que lo apueste todo a la acción consciente y responsable de la gente común en la calle desde ahora mismo, puede salvar a la lengua catalana.

Es irrealista esperar que los jefes del PDeCAT y ERC, que están vinculados al capitalismo financiero español de variadas maneras, y que en sí mismos son prósperos muñidores y gestores de todo tipo de negocios, enchufes, corruptelas y apaños, se enfrenten al Estado español. Quien lo crea así está siendo víctima de una alucinación. Ruego se lean las biografías de sus jerarcas, para comprobar que están metidos hasta las cejas en todo tipo de operaciones financieras y empresariales, además de recibir enormes cantidades de dinero de Madrid para que mantengan narcotizado y pasivo al pueblo catalán con sus soflamas falsamente catalanistas y nacionalistas. Su patria es el euro, el dinero, el bolsillo, no Cataluña. Particularmente funestos, por su codicia y falta de ética, son los jefes de ERC.

Retornemos al análisis objetivo, por tanto prudente y sereno, de las condiciones sociales y estructurales que contextualizan y condicionan a la lucha de liberación nacional de Cataluña en el presente, en el siglo XXI. El gran capitalismo “catalán”, es decir, español, es enemigo de la liberación nacional. Las categóricas declaraciones en contra de la independencia de Isidre Fainé, amo de La Caixa y número uno del capital financiero “catalán”, tienen su fundamento en un hecho determinante, la unificación, a través de numerosas fusiones y absorciones, del gran capitalismo catalán con el español en los últimos 30 años. Por tanto, si el capitalismo operante en Cataluña es español resulta de sentido común concluir que la liberación nacional tiene que ser revolucionaria, comunal y autogestionaria. O eso o nada.

Los cambios que han tenido lugar en el capitalismo en los últimos decenios hacen imposible un enfoque de la cuestión nacional conforme a nociones y estrategias pensadas para un tiempo pasado, cuando existió una burguesa catalana diferenciada, que podía proporcionar la base económica de una Cataluña independiente. En esas condiciones sí era hacedera una independencia sobre la base del capitalismo: hoy ya no. Si el capitalismo es uno no puede admitir que existan dos Estados, el español y el catalán. Hoy se necesita, por tanto, un enfoque y un programa revolucionario anticapitalista, es decir, autogestionario y comunal.

Está además el fenómeno de la mundialización, de la concentración creciente de la propiedad y la riqueza en un número reducido de super-grandes empresas/Estados, que exigen la uniformización de la vida planetaria, con una única lengua, un único estilo de vida, una única subcultura, etc. Las naciones pequeñas y las lenguas con relativamente pocos hablantes tienden a ser laminadas y trituradas por la mundialización. Por eso la cuestión catalana demanda una estrategia contra la mundialización, y no sólo contra el Estado español, lo que es una novedad, pues tal situación no existía hace unos pocos decenios. Incluso aunque por un milagro Cataluña accediera la independencia y se constituyera como Estado tendría que hacer frente a la presión mundializadora, es decir, desnacionalizadora y uniformista. El caso de Irlanda es significativo. Revela que el idioma catalán sería agredido por el Estado catalán igual que el gaélico, la lengua del pueblo irlandés, lo es por el Estado de Irlanda, que protege y prima el inglés legislativamente, lo que ha llevado al gaélico a su práctica extinción.

Eso en lo económico. En lo político, la UE, convertida en feudo de Alemania, no desea fragmentaciones internas, pues ahora se dispone a unificarse aún más, aprovechando el repliegue estratégico de EEUU para conseguir un mayor poder a escala planetaria en tanto que potencia imperialista. Por eso los mandamases de la Unión Europea nada quieren saber del “independentismo” catalán. Además, Francia presiona fieramente para que no se cuestione su dominio sobre el norte de Cataluña. Pero EEUU tampoco apoya el “procés”, pues eso la situaría enfrente de España, a la que necesita como infraestructura para sus bases militares, y como aliado. Las otras potencias, China y Rusia, están demasiado alejadas y no disponen de medios de intervención en Cataluña, ni pretenden hacerlo. En suma, la Generalitat está aislada en el plano internacional en su (tramposa) aventura “independentista”.

En el plano interior, los “independentistas” son mirados con prevención por las gentes más modestas de Cataluña, que les han visto llevar adelante una política antisocial y oligárquica desde 2008. Las clases trabajadores se mantienen alejadas, en su mayoría, de una operación política de la que desconfían, con razón. La brutal represión del 15-M no está olvidada y quienes más apoyan el “procés” son las clases medias catalanas, numerosas pero insuficientes, cuya vida es el consumo, asombrosamente aculturadas. Que en la parodia de referéndum de 2014 votaran sólo poco más de un tercio del censo electoral dice bastante acerca de la sociología real del país. En efecto; la verborrea nacionalista y el enajenado ondear de las esteladas no puede ocultar la caída del nivel de vida, los sueldos cada día más míseros, el declive de las infraestructuras, el deterioro de la sanidad, la falta de salidas para la juventud y, sobre todo, el enriquecimiento espectacular de la casta partitocrática “independentista”, por la corrupción y por la creación de un buen número de empleos vinculados a la “lucha” por la República Catalana burguesa…

En el otro sector del espectro político está el torvo españolismo de siempre, interesado en frustrar lo del 1-0 sin proporcionar soluciones a la opresión de Cataluña y la desintegración de su lengua. Lo más llamativo es el Manifiesto suscrito por varios miles de “intelectuales y artistas” progresistas y de izquierda, catalanes y españoles, avalando las medidas represivas del Estado español para impedir votar en tal fecha. Eso es el progresismo hoy, una máquina de picar carne que se sitúa al lado de todas las operaciones reaccionarias, de todas las causas podridas.

Pero no mejor es el nacionalismo partitocrático catalán. Con su actuar se ha hecho el mecanismo principal para impedir la maduración de la revolución popular comunal en Cataluña. Al mismo tiempo, al reducir el hecho nacional a la triste categoría de monotema, y al simplificar hasta lo inverosímil la cuestión, ha provocado un declive, bien visible, del pensamiento creativo y de la elaboración de ideas. Cataluña, bajo la tediosa y obsesiva dictadura “independentista”, se está convirtiendo en un erial reflexivo, en un desierto del pensamiento, en una nada de la creatividad. La otrora relativamente rica vida intelectual y cultural de Cataluña se ha esfumado, pasando a dominar un vociferar consignas ultra-simplificadas. Los seres nada, presentes en Cataluña como en todas partes, no logran pensar por sí mismos, y necesitan ser permanentemente aleccionados desde el poder/poderes constituidos.

Un tercer elemento negativo es el auge de un nacionalismo catalán sorprendentemente agresivo, xenófobo y chovinista, que insulta violentamente a “los españoles” y agrede a los catalanes que no aceptan sus ideas. Un nacionalismo lleno de aborrecimiento y cólera, que resulta del abuso por los jefes “independentistas” de la emocionalidad y la irracionalidad. En su virulencia, no comprenden que el futuro de Cataluña depende, en cierta medida, de la solidaridad de los demás pueblos europeos, en primer lugar del español, que en su gran mayoría no es nacionalista hoy (aunque existe también un sector xenófobo) y contempla con simpatía a los catalanes, incluso sí no logra entender lo que está sucediendo. Todos los nacionalismos fanáticos e intransigentes deben ser denostados, todos.

¿Cuál puede ser la línea de acción dirigida a superar el actual estado de cosas?

Reside en establecer una estrategia para la liberación nacional de Cataluña que tenga en cuenta la realidad del siglo XXI, que rompa con la vetusta interpretación “anticolonial” del derecho de Autodeterminación, que vincule argumentalmente liberación nacional con revolución política y social integral. Eso permitirá sacar a la lucha nacional del callejón sin salida en que languidece, que la está llevando a un descrédito creciente.

En efecto. A pesar de la propaganda y el adoctrinamiento incesantes, cada día son menos los que creen en el “independentismo” institucional, víctima de su propia vaciedad argumental, ausencia de contenidos, inanidad intelectual, arcaica concepción, emocionalismo manipulador y pueril simplicidad. Avanzamos hacia una ruptura entre aquél y las masas, que puede ser creativa o puede ser meramente de facto pero que va a darse, sobre todo cuando los hechos pongan de manifiesto que toda la operación es un engaño urdido por los políticos profesionales de la Generalitat, lo que comenzará a suceder en cuanto tenga lugar el 1-0. En tales condiciones, la elaboración de un proyecto y una estrategia para la liberación nacional de Cataluña sería una medida de notable significación. En 2014 tuvo lugar el primer referéndum farsa, y en 2017 el segundo, ¿habrá oportunidades para un tercera o la población de Cataluña se cansará de que se mofen de ella?

La solución es popular y no institucional. Revolucionaria y no capitalista. De autogobierno y no estatal. Y la Autodeterminación tiene que sustentarse en el logro previo de la soberanía popular y nacional, pues no es una votación bajo el actual orden capitalista-estatal.

La cuestión catalana necesita ser reformulada en su totalidad, en su análisis básico, proyecto, programa y estrategia. Y eso se puede hacer en un par de años. Luego, la acción emancipadora alcanzará niveles elevados, eficaces, realmente transformadores.

Algo se ha avanzado ya en esa dirección. La “Plataforma pel NO-Si”, surgida como respuesta al 9-N de 2014, arguyó que debía decirse No a un Estado catalán y Sí a la independencia, concebida como “independència sense Estat”, o realización auténtica de la soberanía popular y articulación de un régimen de autogobierno sin artefacto estatal. Su “Manifest pel No-Si” merece leerse y meditarse. Posiciones similares están sosteniendo la Assemblea Llibertària del Bages y, personalmente, Gerard Batalla, Octavi Piulats, Antonio Turiel, Blai Dalmau, Pere Ardevol y otros.

De mucha significación es el libro de David Algarra Bascón “El comú català. La història dels que no surten a la història”. Primero porque muestra lo muchísimo que han ocultado y falseado de la historia de Cataluña la burguesía nacional y el “independentismo” partitocrático, que aparecen por ello como lo que son, los agentes de Madrid en Barcelona entregados a aculturar Cataluña, que es una de las formas más severas de dañarla. Segundo, porque aporta las claves políticas, económicas, éticas, convivenciales y axiológicas para una recuperación histórica del pueblo catalán. Éste, a fin de hacer frente a la mundialización, necesita afirmarse en sí mismo y llegar a ser lo que es, para desde su esencia concreta recuperada, responder a los retos del siglo XXI. Afirmarse en su condición, manifestada en sus realizaciones históricas, es el fundamento último de la liberación nacional. Y el texto de Algarra ofrece todo eso.

Por tanto, podemos contemplar el futuro inmediato con optimismo y confianza.  Cataluña sólo se liberará con la revolución popular-comunal integral, que avanzará en cuanto las argucias y marrullerías de los políticos de la Generalitat al servicio de España se desacrediten por su propia perfidia e inanidad.